Creo que sufro un grave síndrome post-vacacional. Sí, el adjetivo tal vez se quede corto... ¡gravísimo! No es por la vuelta al trabajo, eso está muy manido en los telediarios vespertinos; ni siquiera por los continuos madrugones que casi fui capaz de olvidar, que al fin y al cabo se solucionan volviendo a colocarse el pijama algo más temprano... de alguna manera creo que echo de menos el sur.
¿Sabe? A menudo me he preguntado a mí mismo cómo podemos, año tras año, cometer el mismo error. Trabajamos incansablemente, normalmente más horas de las que uno piensa que pueden ser incluso saludables, esperando quince, tal vez veinte, días de descanso durante los meses de verano, por lo general durante el mes de agosto. Recapitulemos: todo un año trabajando a cambio de 20 días. No cuadra. Aunque la verdad, a veces prefiero la soledad de mi despacho a esos tumultos de adolescentes descontrolados, rebosantes de hormonas completamente desbocadas por lo que, imagino, será un efecto del calor estival... si bien últimamente a todas las empresas les da por convertir los despachos en peceras y esa "soledad" empieza a parecerse más a un "reality" sin sonido.
Desde luego no echo de menos las atestadas playas, ni las familias salidas de cualquier aberrante intento cómico de "los morancos"... no echo de menos los bañadores de flores sobre un cuerpo con quemaduras ya de tercer grado. De verdad que pasear por la playa puede ser a veces un espectáculo realmente desdeñable. Creo, firmemente, que las industrias del vidrio y el cristal y, específicamente, los fabricantes de espejos, han debido sufrir una bajada importante de pedidos en los últimos años... porque no son muchos los que se miran antes de salir de casa en verano. ¿Se acuerda del turista del museo? ¡Por dios, aquél era un hombre con un gusto exquisito!
Lo que echo de menos es el atardecer... el momento en que todo el mundo se marcha y dejan descansar al mar, mientras éste se retira a medida que baja la marea. Ése es el momento que echo de menos. El vacío. La soledad de un cóctel en la terraza, sin más ruido que el romper de las olas y el hielo contra el vaso, mientras yo disfruto de unas cómodas drivers, un pantalón y una camisa de lino para dar la bienvenida al aire fresco del anochecer. Eso es lo que echo de menos del sur... Lo demás, pueden quedárselo los turistas.

















