Hoy quiero compartir con vosotros el primer capítulo de una serie que estoy escribiendo para otros temas. Se trata de una visión de lo que sería la personalidad de un dandi en nuestros días. Este personaje irá desarrollando diferentes temáticas, siempre desde el punto de vista de la elegancia y el saber estar.
El dandi es un personaje irreverente, sibarita, extremadamente sincero y sin reparos que, en esta serie de artículos, visita al psicólogo para compartir con él la ansiedad que le corroe ante la visión del mundo en el que vive y que, por supuesto, corre vertiginosamente en contra de sus valores, pensamientos y actitudes.
Espero que os guste.

Últimamente, quizás más de lo habitual, mi paciencia se vuelve más selectiva. Tendrá usted que perdonar mi, puede llamarlo como quiera, ¿esnobismo? ¿elitismo? ¿buen gusto? Yo, la verdad, me inclino por esta última. No lo llamaría esnobismo, pues siempre he sido de la misma opinión, ni tampoco elitismo, pues lo que mis sentidos reclaman debería ser accesible a cualquiera, si bien, visto lo visto, parece que estoy equivocado. Simplemente mis requisitos se están viendo más... acentuados. Me inclino por tanto, sin ninguna duda, por el buen gusto. ¿Qué le puedo decir? Este último mes no he invitado a nadie a cenar a casa, ni siquiera a tomar café. Busco excusas miserables que incluso veo indignas de mí, casi tanto como los posibles invitados. Me aburren. Soberanamente. Sólo pensar en las posibles conversaciones tras un sabroso café me produce hastío y me enerva desperdiciar tal maravilla en tan insulso parloteo. La gente ya no sabe hablar más que de crisis, de bancos, de políticos y de fútbol. Y normalmente en ese orden. "Oh! esta crisis que no acaba nunca, que es todo culpa de los bancos, bueno, y también de los políticos, bla bla bla... pero siempre nos quedará el fútbol". Así una y otra vez. Me aburren. Ya nadie habla de cine y, cuando lo hacen, es para ensalzar la última película de no sé qué actorucho de pacotilla, que tal vez no haya sabido ni sabrá nunca actuar, pero es, según las revistas, muy atractivo. Yo mientras tanto sigo disfrutando de El Padrino en versión original o de películas cuyo título la mayoría acompaña con un ceño fruncido y una expresión de desatada estupidez.
Igual soy una especie en extinción, de hecho creo que lo soy. Ya nadie manda notas de agradecimiento, nadie envía flores ni llama pidiendo disculpas por retrasarse unos minutos. Todo parece dar igual. ¿Crisis? Podría yo hablarle de la verdadera crisis... y no mencionaríamos en ningún momento la moneda única ni a Ángela Merkel. Tampoco diré que es una crisis de valores, pues ese discurso se lo dejo a los obispos. Yo hablo de una crisis, precisamente, de aquello de lo que hablábamos al principio: de buen gusto. Si quiere podemos llamarlo elegancia o, simplemente, saber estar. Estoy harto de escuchar "yo soy de la generación en que nos enseñaban a decir por favor y gracias" y cargar contra la juventud... pero quien lo dice también está lejos de merecer el más mínimo respeto, pues pertenece a la generación que debió encargarse de que los jóvenes también recibieran dichas enseñanzas. Yo no vengo de noble cuna y nadie me enseñó a vestir ni a hacer un nudo windsor y ya se sabe que una corbata bien anudada es el primer paso serio en la vida*. Lo que falta hoy día es buen gusto, y quien lo posee, busca y aprende aquello que no le ha sido enseñado. No señor, ni los ricos son elegantes ni los pobres están condenados a no serlo. ¡Qué cansado estoy de ver trajes de renombre en la etiqueta mal llevados, mal elegidos y mal conjuntados...! ¿Y me pregunta usted por qué me estoy volviendo tan "selectivo"? Dé usted una vuelta por el centro de la ciudad y hablamos la semana que viene.
Continuará.
* Frase de Oscar Wilde en "La importancia de llamarse Ernesto".
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